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“Encontrar a Dios a Dios a través de los sentidos”
El pasado 5 y 6 de noviembre en Haro (La Rioja) se realizaron las jornadas de espiritualidad de este curso. Fue mi primera experiencia y elegí de las dos opciones propuestas “Encontrar a Dios a través de los sentidos. Nuestros sentidos: fuente de vida y felicidad”. Iba con muchas ganas y a la vez con expectación de no saber muy bien cómo serían estas jornadas, pero mi sorpresa fue muy gratificante.
Las ponentes, Alicia Antoñanzas Odn y María José Sanz Odn realizaron una propuesta muy organizada y estructurada con exposiciones teóricas, dinámicas y ejercicios prácticos muy interesantes y diferentes. A través de la oración, recorrer los cinco sentidos, tratando de mostrar cómo: “hay una modo de ver, de oír, de oler, de gustar, de tocar que nos abre y despliega al Otro, al Dios de la Vida, generando comunión y Encuentro para amar más y mejor”.
Después de orar con todos los sentidos aprendí a ver la imagen… a escuchar la palabra… a saborear el buen gusto… a oler el rastro que deja… y a tocar la presencia de DIOS. Y gracias al ambiente tan agradable que se formó después de cada oración, pude compartir, expresar mis sensaciones y sentimientos con todos los miembros del grupo.
Por eso, me llevo un buen sabor de boca de este día tan especial y difícil de describir… Es una experiencia que se tiene que vivir y recomiendo a todas aquellas personas que quieran tener un acercamiento a la interioridad, al silencio y a la oración.
Muchas gracias por haberme enseñado a encontrar un poquito a DIOS a través de los sentidos.
Marta Palacios

“Lugares y condiciones para el encuentro con Dios”
Viernes por la tarde. Haro, no hace excesivamente frío. Todos vamos llegando y casi todo el mundo comenta lo bonito que está todo, con los colores del otoño. Es curioso, la gente cuando se encuentra con alguien, para no sentirse incómodo habla de cualquier cosa: del tiempo, del paisaje,... pero este no era el caso. Conforme nos saludábamos y presentábamos comentábamos eso y muchas otras cosas. Y se hicieron las seis, hora de empezar. Y empezamos descalzándonos. Empezamos sacándonos los zapatos tal y como hizo Moisés, que dejó sus ovejas, se descalzó y se fue a hablar con Dios (Ex 3,5). Era necesario que dejáramos atrás todo lo que llevábamos encima, todo lo que nos podía molestar, teníamos que disponernos a un nuevo reencuentro renovado con Dios. Cada uno a su ritmo, cada uno haciendo su propio proceso de experiencia espiritual. Y así, cada uno a su ritmo, llegó la hora de cenar. Fue entonces el momento de recordar, comentar, rememorar, reír, preguntar por éste, por el otro, por los hijos, el marido,…
Acabamos la jornada con una sencilla y bonita oración.
Al día siguiente, una vez desayunados, reprendimos nuestro camino con un rato de oración. Después nos adentramos en el desierto, un lugar privilegiado de encuentro con Dios. En el desierto intentamos experimentar nuestra propia vulnerabilidad y tomar consciencia de lo que es esencial y de la importancia de la gratuidad. Necesitamos sentirnos vulnerables como Elías (1Re 19) e ir al desierto a escuchar la Palabra, a escuchar a Dios. Y es estando en el desierto como aprendemos de nuevo a confiar en Dios, donde tomamos conciencia de que Él está a nuestro lado siempre y hemos de confiar y agradecérselo siempre. Es en el desierto donde nos podemos dar cuenta de que siempre tenemos sed de ti, donde vemos también que nunca nos faltará tu agua de la vida.
Pero el desierto no es el único lugar de encuentro con Dios. El cotidiano, nuestro mundo, nuestro entorno también lo son, pero nos pasa como cuando vamos en coche por la carretera perdidos en nuestras cosas que no nos dejan ver que, detrás de los árboles de la carretera, hay más árboles y más montañas, hay más vida, pero nosotros, sin darnos cuenta, perdemos la ocasión de ver a Dios. Tenemos que aprender a detenernos en el día a día para mirar en nuestro entorno y verte.
Dice el pequeño Príncipe que lo esencial es invisible a los ojos. El amor, también lo es. Dios también, pero no lo es para nuestro corazón. Tenemos que abrir los ojos del corazón para ver a Dios. Y para abrirlos necesitamos tener una actitud de agradecimiento y vivir con un corazón de perdonado.
Y con eso ya se hicieron las seis de la tarde de un día intenso pero muy vivido.
Ah! Qué nadie se asuste, a media mañana paramos un rato para hacer un café, y al mediodía una buena comida. Fueron 24 horas muy llenas y muy ricas. Vale la pena hacer el esfuerzo.
Pep Salvà
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