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Liliana Franco Echeverri odn
Religiosa de la Compañía de María. Colombia




"En nuestro ser de consagradas hay una referencia
constante, explícita y vital a Jesús; Él es el
sentido y el horizonte de nuestra vida. Contemplación y acción,
dos vertientes de una misma y única opción: JESUCRISTO,
la pasión por su persona y su proyecto"

En María contemplamos la Mujer Nueva por excelencia,
por lo que ha sido siempre y sigue siendo hoy para la Compañía,
síntesis de su identidad...


El 7 de abril de 1607 el Papa Paulo V aprobó
la Orden, confirmó que este proyecto gestado en el corazón
de una mujer era don para la Iglesia, un motivo de alegría y
de esperanza


"Tender la mano educativamente nos lleva a tener
fe en la mujer y en el hombre de todos los tiempos, también del
nuestro, a entrar en su propia cultura, a contemplar con ternura sus
posibilidades y a acompañar, en esperanza, el crecer de las semillas
de resurrección"









"Educar es para nosotros hoy, religiosas y laicos
que formamos las comunidades educativas, "un estilo de vida, una
manera de situarnos, de acoger los desafíos de cada momento histórico
para dialogar con ellos y buscar juntos caminos de respuesta. Educar
es dejarnos afectar por la realidad para, desde una mirada positiva
y esperanzadora, poner manos a la obra"


"Nos sentimos llamadas a mantener en los jóvenes
la memoria del amor de Dios; a hacer, "con lenguajes nuevos, entendibles
y sugerentes" anuncio explícito de Jesús


"La religiosa de la Compañía de
María es testimonio y coherencia desde la misión que llena
de sentido su propia vida; en ella la manifiesta y la ofrece"


Teresita Ramírez Vargas odn






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Índice
de Contenidos:
"Vosotras tenéis
una gran historia que construir"
Palabras que nos expresan
Cuatrocientos años de presencia fecunda, como
Compañía de María en el mundo no sólo son
una gracia, sino también un desafío y una responsabilidad.
¿Qué le aporta a una sociedad que vertiginosamente se
abre al cambio, a la globalización, a los avances científicos
y tecnológicos... un Instituto religioso que surgió en
1607?
No queremos hacer grandes discursos, ni disertaciones, sólo aproximaciones
a lo que después de cuatrocientos años intuimos fundamental,
válido, imperecedero e incluso novedoso.
Se trata de expresar lo más significativo de nuestra vida, lo
que nos identifica y configura. De compartir con sencillez lo que llevamos
dentro: lo que misteriosamente nos habita y nos desborda, da sentido
a nuestra existencia y pone un sello especial a nuestra acción.
Poner palabra a la vida no es fácil. Lo hacemos con la convicción
de que es ella, LA PALABRA, quien nos convoca, nos entrelaza, nos interpela,
nos motiva, nos fecunda y nos prolonga en el tiempo:
“Én el principio existía la
Palabra
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Ella estaba en el principio junto a Dios.
Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada.
Lo que se hizo en ella era la vida y la vida era la luz de los hombres,
y la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron"
(Jn 1, 1-5
Nacimos a principios del siglo XVII, un siglo innovador
y turbulento, marcado por una tendencia profunda al humanismo y por
guerras que acrecentaban la brecha, la división y el dolor en
el mundo. Un siglo necesitado de palabras significativas, oportunas,
vitales. Ese tiempo nos vio nacer y desde entonces, por opción
y pasión, pronunciamos palabras que nos definen y jalonan: mujer,
seguimiento, María, comunidad, proyecto, expansión, educación,
jóvenes, testigos, memoria, futuro.
Y resonó una palabra:
MUJER…
y con ella la fundadora,
el origen, la semilla
Juana de Lestonnac, nació en la ciudad de Burdeos,
Francia en 1556, el mismo año en que muere Ignacio de Loyola.
Creció en medio de viñedos y, por eso, supo desde pequeña que los
sabores más agradables al paladar, han pasado la prueba del lagar
y del tiempo. Se abrió a la vida en medio de la explosión del humanismo
y de las luchas de religión, dos circunstancias determinantes en la
construcción del proyecto que orientaría su existencia.
Nació en el seno de una familia noble, su padre Ricardo de Lestonnac,
consejero del parlamento francés y reconocido católico. Su madre,
Juana Eyquem de Montaigne una ferviente calvinista. Aunque se formó
en la religión de su padre, desde pequeña experimentó de cerca el
aporte del calvinismo a la educación de la mujer. Miguel de Montaigne,
filosofo humanista y tío de Juana, incidió profundamente en la formación
de su pensamiento , con su visión optimista del mundo, el sentido
de la persona humana y las disposiciones a la honradez.
En 1573, Juana contrajo matrimonio con Gastón
de Monferrant, en su compañía formó un hogar
ejemplar para toda la sociedad de Burdeos. Con el paso de los años
y en medio de los avatares de la vida, fortaleció su capacidad
de amar, ensanchó sus entrañas, acogió en su
regazo a sus cinco hijos, y abrió las puertas de su casa y
de su corazón a todos; era para la gente la “Señora
Buena”. A los 41 años quedó viuda y se vio abocada
a enfrentar con fortaleza y lucidez la administración de su
hogar, la educación de sus hijos.
En su juventud, había experimentado la invitación de
Dios a seguirle, a servirle de manera radical, pero entonces, dadas
las características de la vida religiosa de su época
no había podido responder a esa llamada. En la madurez de su
vida resonó nuevamente aquella voz: “Cuida hija mía
de no dejar apagar la llama que he encendido en tu corazón
y que te mueve con tanto ardor a servirme”, y dejándolo
todo y a todos se embarcó rumbo a Toulouse, con el fin de ingresar
como religiosa al Convento cisterciense de las Feullantinas.
La salud de Juana se deterioró y, con dolor,
se vio obligada a replantearse su opción. En una noche de oración
en el Cister, en la que se reveló lo más humano de su
sentir y lo más divino de su querer Juana de Lestonnac vivió
su experiencia fundante, el encuentro de su vocación más
auténtica.
Dios gestó a través de ella y para la Iglesia un Instituto
dedicado a servir a la mujer a través de la educación,
“comprendió que era ella quién debía tenderles
la mano”. En esa noche descubrió su vocación:
“La mujer debía salvar a la mujer”
Juana vivió y se desvivió por hacer realidad este proyecto.
Empeñó toda su existencia en ofrecer a la juventud femenina,
formación, posibilidades, espacios, criterios que le permitieran
vivir con más dignidad y mayor reconocimiento: la mujer carecía
de palabra, poder y decisión… Estaba convencida de que
con su obra contribuiría a la “Mayor gloria de Dios,
el bien del pueblo y la salvación de las almas”. Juana
comprendía claramente la incidencia que una mujer bien formada
tenía en la familia y por tanto en la sociedad.
Desde entonces el acompañamiento preferencial a la mujer ha
marcado los sueños, búsquedas, iniciativas y decisiones
de la Compañía de María.
Mujer,
misterio que fecundas
y embelleces la tierra.
Inspiración de poetas y turpiales,
Por ti parimos
escuelas y hospitales,
dispensarios y casas de acogida.
Junto a ti y a tu dolor
esta nuestra intuición primera,
nuestra ofrenda más simple y genuina.
Tú eres desde entonces y por siempre
preludio de tiempos mejores,
promesa de un mundo nuevo.
Y resonó una palabra:
SEGUIMIENTO…
Jesús como Principio
y Fundamento,
como centro y sentido de la existencia
Seguir a Jesús…asumir la vida con El,
por El y en El. Incorporar sus criterios, su proyecto, su Buena Noticia.
Nuestra opción fundamental es clara: “consagrarnos con
todas la fuerzas al anuncio del Reino”. Tener en lo cotidiano
una experiencia personal de Jesucristo que centre nuestra vida y nos
impulse al servicio, a tender la mano allí donde sea necesario.
En nuestro ser de consagradas hay una referencia constante, explicita
y vital a Jesús; él es el sentido y el horizonte de
nuestra vida. Contemplación y acción, dos vertientes
de una misma y única opción: JESUCRISTO, la pasión
por su persona y su proyecto.
“La Compañía nació de la oración
y no se sostendrá sin ella”, ese fue el legado más
preciado que nos dejó Juana de Lestonnac.
La Compañía desde sus orígenes cree en la necesidad
de propiciar una experiencia personal de oración y encuentro
Jesús. Se trata de ese Cara a cara, en el que resuena la “Palabra”,
“arde el corazón”, se unifica la vida, se renueva
la opción.
Creemos en la validez de orar en comunidad, como hermanas, unidas
en una misma espiritualidad –la ignaciana-, en un único
deseo “conocimiento interno de Jesús, para más
amarlo y seguirlo”.
Orar como Iglesia, es también para nosotras un prioridad. Unirnos
a todos los hombres y mujeres que en el mundo buscan a Dios “con
sincero corazón”. Celebrar junto a ellos, y en torno
a la mesa común, el banquete que nos hace familia y en el cual
el Pan, partido y repartido, alcanza para todos.
La oración en la Compañía de María surge
en la vida, se alimenta de ella, prepara para asumirla. Es el encuentro
con la vida lo que nos retorna al Señor y este Señor
el que nos posibilita abrazar la realidad con sus múltiples
tonalidades. El nos habla a través de los hermanos y de los
acontecimientos.
Hoy seguimos creyendo, como lo hizo Juana de Lestonnac, hace cuatrocientos
años, que la vida, es el escenario “sagrado” preferido
por Dios, que ella esta repleta de bendiciones, que cada recodo de
la existencia es esa tierra sagrada desde la cual Dios habla, llama,
interpela, seduce.
En tu seguimiento,
junto a ti,
en tu “Compañía”.
Porque tu voz resuena
y se estremece el alma;
porque a tu paso
siempre renace la esperanza.
Porque al despuntar el alba y al ocaso
en Ti trasciende, se estremece y goza
está frágil condición humana.
Y resonó una palabra:
MARÍA…
Síntesis de nuestra identidad:
Nuestra Señora, compañera, referente
y protectora
Juana de Lestonnac se atreve a identificarse
con María de Nazaret. ¡Tiene tanto que ver con ella!
Quiere que sea la compañera y el modelo de referencia de
la Orden.
Juana encontró en María la síntesis de lo
que deseaba vivir: - La discípula que escucha con fidelidad
y apertura el querer de Dios.
- La que se deja habitar por el Dios que hace maravillas
en los humildes y suscita un cántico nuevo.
- La que guarda en su corazón cada acontecimiento
y permanece en silencio en esos tramos de la vida que se tornan
sorprendentes y misteriosos.
- La que sigue a Jesús en lo cotidiano, sin más
protagonismo que el servicio constante y oportuno.
- La que en pie y plena de misericordia, está junto
a la cruz y a los crucificados de la historia.
- La que es, en la Iglesia, presencia femenina que fortalece,
anima, sugiere, revitaliza y acompaña.
En su Compañía, también nosotras
hoy, cuatro siglos después, queremos ser esas mujeres nuevas
que el mundo y la Iglesia necesitan. Nuestra Señora, ha sido
y seguirá siendo fuente de vida e inspiración:
“El camino trazado por las Constituciones tiene por fin el que
lleguemos a ser Mujeres Nuevas, revestidas de Jesucristo, para la construcción
del Reino. En María contemplamos la Mujer Nueva por excelencia.
Por eso, es hoy, y ha sido siempre para la Compañía, síntesis
de su identidad…Con Ella, fieles en el servicio del Reino, viviremos
nuestro carisma renovado por el Espíritu en cada momento de la
historia. Colaboraremos como educadoras, en la formación del
hombre nuevo para la construcción de una sociedad fraterna, en
donde la fe se manifieste en obras de justicia. Acogeremos la experiencia
pascual de muerte y vida para que broten signos de Resurrección
en un mundo dividido y no solidario. Congregadas en su Compañía,
en unión de corazones, buscaremos con gozo y esperanza, la gloria
de un Dios Siempre Mayor”
En María aprendemos cómo guardar la Palabra y con ella
recorremos caminos de encarnación en nuestro hoy. Ella es la
síntesis de nuestra identidad, la plenitud de nuestro proyecto.
Como Ella y en su Compañía queremos “llenar nuestro
nombre: HIJAS DE NUESTRA SEÑORA”
Nuestra Señora de la Compañía,
Tu conservas en nosotras la alegría,
el gozo del anuncio y de la entrega.
Nos animas a hacer visible al Invisible,
a ensanchar el espacio de la tienda
a guardar todo en el corazón,
a permanecer en pie
junto a la Cruz y los crucificados;
a obsesionarnos por la vida,
a buscar signos de Resurrección.
Y resonó una palabra:
COMUNIDAD…
espacio fraterno, pasión compartida,
canto común...
Formar Comunidad fue la primera tarea en la que se empeño
Juana de Lestonnac. Pronto fueron cinco: Margarita, Serena, Blanca,
Susana, Magdalena…Después vinieron otras y tras ellas
otras y esta historia se lleno de nombres, un puñado de identidades
y de razones, tras cuatrocientos años de existencia.
Y detrás de cada nombre, un tiempo, un contexto, una lengua,
una familia, muchos gozos y también sufrimientos… un
llamado que, por la gracia de Dios, nos hizo hermanas, compañeras,
amigas. Llamadas a ser Comunidad, a generar, en un mundo con tendencias
individualistas y al mismo tiempo cada vez más interrelacionado
y plural, la revolución de la fraternidad, de la mesa común,
del pan compartido, del lenguaje universal del amor, del único
proyecto, vivido desde dimensiones diferentes, en diálogo intercultural.
Cada una, llamada a realizar su existencia como un milagro único
e irremplazable, a realizar su vocación más auténtica;
y todas, convocadas a integrar esa melodía, en la que la diferencia
no disuena, sino que complementa y enriquece.
-
En comunidad llamadas a discernir
el más de la misión, el dónde y el cómo
de nuestra entrega.
-
“Llamadas a continuar haciendo
camino con otras congregaciones, discernir propuestas de participación
en comunidades intercongre-gacionales para llevar adelante un proyecto
común.
-
Llamadas a favorecer intercambios
de personas de unos contextos a otros, que propicien seguir haciendo
procesos interculturales y construir la universalidad.
-
Llamadas a alentar la realización
de experiencias nuevas de compartir con los laicos el camino de
fe, la espiritualidad...”
Sabemos que la fraternidad es la única posibilidad de “hacer
creíble el mensaje que anunciamos”, por eso “hacer
de cada grupo comunitario un espacio real de humanización,
una escuela de calidad humana, teniendo como Maestro al Señor
Jesús. Poner en marcha dinamismos comunitarios que generen
espacios de acogida, interrelación, intercambio, interiorización,
formación, búsqueda conjunta para la misión...
para que cada persona y cada grupo puedan seguir creciendo y construyendo
Reino” es un desafío que sentimos con fuerza.
En el fondo no somos tan distintas,
todas tenemos el mismo complejo y frágil corazón.
En el fondo nunca podremos ser distantes,
porque nos une el Mismo y Único Señor.
En el fondo, ser hermanas
ha sido un milagro, una gracia, una opción.
Y resonó una palabra: PROYECTO…
itinerario, horizonte,
posibilidad,
utopía que quiere hacerse
camino concreto de encarnación
Como quien construye un edificio, Juana se dedicó
a diseñar la maqueta que le daría forma y sobretodo fondo
a la obra que intuía. Soñó con piedras vivas, capaces
de soportar la prueba del tiempo, de los vientos contrarios, de los
sismos que produce la historia. El Espíritu le fue inspirando
la manera, le fue sugiriendo el cómo.
No fue fácil, nunca es fácil empezar, romper esquemas,
abrir caminos diferentes. Pero, con constancia, capacidad de riesgo,
creatividad, diálogo con las instituciones eclesiales, oración,
búsqueda, trabajo incesante y fidelidad a la voz del Espíritu,
maduró el proyecto. En 1606, redacta el Abregé, o fórmula
del Instituto. El 7 de abril de 1607, el Papa Paulo V aprobó
la Orden, confirmó que este proyecto gestado en el corazón
de una mujer era para la Iglesia motivo de alegría y esperanza.
Nace entonces la primera Orden religiosa apostólica femenina,
dedicada a la enseñanza. Juana le entrega al mundo y a la Iglesia
una obra plena de novedad y de Espíritu.
El sueño de Juana de Lestonnac se transforma en un genuino Proyecto
Educativo en el que ha sabido articular su intensa experiencia de vida
con la diversidad de aportes de su época: El humanismo de Miguel
de Montaigne, las audacias calvinistas en la educación de la
mujer, la experiencia ignaciana y el sistema pedagógico de los
jesuitas. Todo orientado a un único fin: la Gloria de un Dios
Siempre Mayor.
El 14 de junio de 1638, Juana firma el primer libro de las Constituciones.
Ellas se convierten en don de Dios, ideario, fuente de identidad y vínculo
de unión. El espíritu de las Constituciones ha marcado
desde entonces la vida de la Compañía de María.
Han pasado 400 años desde esta intuición primera. Cada
siglo ha marcado unas características, los ecos del Espíritu
en los acontecimientos cotidianos han continuado aportándole
a esta obra pinceladas de renovación y gracia.
Se han sucedido Concilios, avances tecnológicos, guerras, globalización…
circunstancias todas de un mundo en cambio permanente. Y la Compañía
ha permanecido atenta a la voz de Dios, al clamor de los seres humanos.
El paso del tiempo no ha desdibujado el Proyecto, lo ha ensanchado y
enriquecido, lo ha colmado de validez y significado. Hoy, en algunos
contextos, somos menos que en otras épocas y quizá más
frágiles, más vulnerables, con menor reconocimiento social;
por eso, más que nunca, estamos convencidas de que en la fragilidad
Dios hace su obra y por eso seguimos con fidelidad creativa haciendo
vida las intuiciones de Juana de Lestonnac:
Esa CONTEMPLACIÓN EN LA ACCIÓN,
que nos une a Dios, nos permite sintonizar con su mirada y sus sentimientos
y nos interrelaciona con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo
para compartir con ellos y ellas, las responsabilidades en la construcción
de un mundo más humano.
Una EDUCACIÓN que, a través
de diferentes plataformas, nos posibilita “tender la mano”
para ayudar a que surja, a que encuentre el sentido d ela vida y las
herramientas para enfrentar el presente con responsabilidad y el futuro
con esperanza. Una educación que de elementos para contribuir
a la transformación de la sociedad.
La PRESENCIA INSPIRADORA DE MARÍA,
que nos impulsa a dejarnos habitar por Jesús, a acoger con gozo
esa presencia que todo lo desborda y lo transforma y que nos posibilita
encarnar en lo cotidiano las actitudes de María.
La ESPIRITUALIDAD IGNACIANA, que
nos motiva a vivir en actitud de discernimiento, a amar y servir, buscando
siempre la Mayor Gloria de Dios. Que nos abre a un “más”
que nos desinstala, a deseos más hondos de intensidad y plenitud.
EL HUMANISMO, pasión y norte
de nuestras búsquedas y acciones, “desde la seguridad de
que a través de la misión educativa que realizamos, junto
con otros y otras, Dios sigue abriendo hoy caminos de encarnación,
espacios de humanización y buena noticia en nuestro mundo. Somos
hoy esas ‘dos manos que Dios quiso tener para hacer visible su
bondad y su ternura’ (Tito, 2-11)”
Este proyecto al que le aposté el alma
y todas mis piedras preciosas,
tiene mucho de luz y de Espíritu,
un centenar de manos unidas
y un recuerdo fuerte y fecundo.
En este proyecto empeñé mis mejores horas.
Y también mis atardeceres con sus respectivos sueños.
Por él, me aventuré a la entrega y al amor,
al servicio, al canto, a la alegría,
a la sencilla y eterna donación.
Y resonó una palabra: EXPANSIÓN…
Ir más lejos, riesgo,
tenacidad,
pasión que lanza más allá de las
propias fronteras
El 2 de febrero de 1640 muere Juana de Lestonnac, para
esa fecha ya había 30 casas de la Compañía de María
en Francia. Con la certeza de que lo de Dios fructifica a pesar de las
dificultades, las religiosas de la Compañía de María
vieron expandir la obra por Europa, América, África y
Asia.
" Este mundo nuestro se ha hecho, se hace grito
y llamada del Señor para nosotras. Las y los jóvenes,
la mujer, la familia, toman rostro en el color y los rasgos de todas
las culturas y nos impulsan a ofrecernos, como seguidoras de Jesús
pobre y humilde, a ser portadoras de humanidad y a descubrir la fuerza
salvadora del Evangelio oculto en el corazón de toda persona.
Tender la mano educativamente nos lleva a tener fe en la mujer y en
el hombre de todos los tiempos, también del nuestro, a entrar
en su propia cultura, a contemplar con ternura sus posibilidades y a
acompañar, en esperanza, el crecer de las semillas de resurrección”
LA COMPAÑÍA DE MARÍA EN EUROPA:
un árbol de hondas raíces
que busca aires nuevos.
Diez años después de la muerte de Juana,
las religiosas de Béziers, Francia, se animaron a cruzar las
fronteras y fundaron en Barcelona.
En España la educación femenina era en ese entonces muy
incipiente, razón por la cual el aporte de una Comunidad Religiosa
dedicada a la educación de la mujer fue muy significativo y dio
solidez y permanencia a la obra. Pronto su presencia se hizo vital en
medio de un país que configuró la identidad y misión
de las religiosas de la Compañía de María, llamándolas
“las monjas de la enseñanza”.
En Europa se encuentran nuestras raíces más profundas,
la memoria de muchas de nuestras opciones reales, el impulso de sueños
auténticos. De allí salieron las misioneras que hicieron
posible la expansión por el mundo.
La Compañía hoy une fuerzas con osadía y realismo.
Recorre caminos nuevos: Fusión de la Société de
Jésus Christ, unión de Provincias y búsqueda de
nuevas estructuras interprovinciales para un mayor servicio al Reino.
Vive con gozo y responsabilidad las posibilidades que ofrece el caminar
conjunto con los laicos, el beber de la misma fuente del carisma de
Juana de Lestonnac.
Quiere seguir tendiendo la mano allí donde hay marginación
y pobreza, increencia y falta de sentido. Por eso, hace un esfuerzo
constante por acompañar educativamente aquellas situaciones en
las cuales la humanidad se encuentra más herida.
Actualmente se encuentra presente en: Francia,
España, Italia, Inglaterra, Bélgica, Albania y Holanda.
LA COMPAÑÍA DE MARÍA EN LAS
AMÉRICAS:
una creciente esperanza
En 1733, las religiosas de Perigueux (Francia) realizaron
la primera fundación en América en Cap Français
(Haití); allí, se empeñaron con todas sus fuerzas
en educar a la mujer criolla y negra. Sin embargo, sesenta años
después desaparece de allí su presencia, víctimas
de las inclemencias del clima y de las atrocidades de la insurrección.
Murieron todas y con ellas la Compañía en Haití.
Posteriormente, y con la tenacidad y el empeño de otras mujeres
españolas, la Compañía adquirió rostro americano.
El afán misionero hizo que rápidamente y de norte a sur
se construyeran escuelas: México 1754, Argentina 1780, Colombia
1783… y con ellas se edificara para la mujer americana un panorama
de oportunidades y esperanzas.
En las Américas la Compañía de María se
ha visto enriquecida por personas de otras culturas, con otros ritmos,
lenguas y costumbres. Se camina al lado de camapesinos, indígenas,
afroamericasnos…muy cerca de su dolor y de su esperanza. En ese
continente se ha sellado con sudor y sangre la pasión por Jesús,
el compromiso en favor de un mundo más justo, más solidario,
más humano.
La Compañía esta hoy en Estados
Unidos, México, Cuba, Nicaragua, Colombia, Perú, Bolivia,
Paraguay, Argentina, Brasil y Chile.
LA COMPAÑÍA DE MARÍA EN ÁFRICA:
un canto que resuena, une, alegra
y compromete
En 1948, en vísperas de la canonización
de Juana de Lestonnac, la Compañía de María hace
eco al clamor del pueblo africano y ensancha su morada hasta ese territorio.
Allí asume como propias las búsquedas, los anhelos y las
esperanzas de quienes llevan en la sangre una pasión inmensa
por la vida y el sonar alegre de los tambores.
Son ya más de cincuenta años educando; caminando con el
pueblo africano en la búsqueda de unas condiciones de vida más
dignas, más humanas.
La Compañía en África ha adquirido un nuevo rostro,
una nueva esperanza. Se tornó misionera, supo de diálogo
intercultural, aprendió otras lenguas y fortaleció sus
raíces con la savia que surge de lo sencillo y fraterno. Aprendió
a permanecer solidaria al lado del pueblo que sufre la marginación,
la guerra, la injusticia… y a través de ese dolor asumido
desde el Evangelio busca trabajar por la reconciliación, la justicia
y la paz.
En África la Compañía está presente en:
República Democrática del Congo, Camerún, Kenia,
Tanzania y Egipto.
LA COMPAÑÍA DE MARÍA EN ASIA:
un tesoro por descubrir
En 1959, la Compañía de María
acoge el llamado del pueblo asiático y se adentra en el mundo
sorprendente y maravilloso de las espiritualidades orientales, la pluralidad
de religiones, los avances tecnológicos. Hace suya la sed de
esa minoría que busca a Jesús como su Absoluto y quiere
vivir cristianamente.
Se hace portadora del Evangelio en oriente, se empeña en ese
diálogo interreligioso que humaniza la vida, llena de sentido
y busca ofrecerle a los jóvenes espacios para realizarse y trascender.
Hace también suyos los clamores de pueblos que sufren la pobreza,
la marginación y la guerra.
En un ejercicio constante de contemplación, disponibilidad y
respeto, aprende y asume otras maneras de ser, de mirar, de sentir,
de querer, de orar…La Compañía va adquiriendo un
nuevo rostro que enriquece su identidad.
El sueño de Juana de Lestonnac se fortalece en tierra asiática.
Vocaciones de Japón, Filipinas y de otros países de la
región, son signos que nos llenan de esperanza, retos que nos
lanzan a la creatividad y al compromiso…Semillas que siguen, de
una manera impredecible, haciendo surgir la vida y batir las alas de
esta Compañía centenaria.
Actualmente se encuentra presente en Japón,
Filipinas y Líbano.
Junto a mi pueblo,
muy cerca de su dolor y de su esperanza.
Haciendo la andadura por sus caminos,
entre cantos, rezos y añoranzas.
En el campo, la escuela y el hospital,
desafiando la guerra y la pobreza.
Jalonando sin desistir los proyectos
que recrearán la vida
haciéndola fecunda y abundante,
festiva y para todos.
Junto a mi pueblo,
anunciando buenas nuevas,
componiendo canciones alegres y sonoras.
Junto a mi pueblo
entre pirámides milenarias,
y lagos serenos y profundos
porque el Dios de Jesús
urge, interpela y llama.
Y resonó una palabra: EDUCACIÓN…
Compromiso con
otras y otros para colaborar
en la formación de cada persona, de cada sociedad
de nuestra realdad mundial
Juana comprendió desde la niñez que la
mejor manera de incidir en la construcción del ser humano y,
por tanto, en la transformación de la sociedad era a través
de la educación. Por eso ante la insistente llamada de Dios,
se empeñó en acariciar su intuición hasta darle
forma y hacerla realidad mediante escuelas en las que la mujer tuviera
como referente de vida a María: sus valores y actitudes; en las
que se formara de manera integral, a través de un acompañamiento
personalizado que potencia las capacidades y respeta el ritmo de cada
persona, por eso insistía continuamente en decir: “no olvidéis
que cada una calza su propio pie” Esta fue la inspiración
de Juana, fruto de una convicción profunda en el valor y la dignidad
de la mujer y de un deseo real de educar para posibilitar y dignificar.
Educar es para nosotros hoy, religiosas y laicos que formamos la comunidad
educativa, un estilo de vida, una manera de situarnos, de acoger los
desafíos de cada momento histórico para dialogar con ellos
y buscar juntos caminos de respuesta. Educar es “dejarnos afectar
por la realidad para, desde una mirada positiva y esperanzadora, poner
manos a la obra”
Concebimos la Educación como un proceso en el que la persona
se va haciendo capaz de pensarse a si misma, de interrelacionar con
su entorno; de adquirir conocimientos y saberes, de relacionarlos entre
sí y aplicarlos en lo cotidiano de la vida.
Nos empeñamos en situar las metas de la educación no sólo
de cara a la asimilación y en algunos casos producción
de conocimiento, de saber; sino fundamentalmente a la construcción
de un ser humano integral que conoce, juzga, opta, se compromete y actúa.
Pretendemos traspasar las aulas de clase y hacer de los lugares habituales,
de la cotidianidad, -casa, calle, metro, autobús- ambientes educativos,
espacios privilegiados para el aprendizaje, la relación, la convivencia,
el compromiso. Llevamos a cabo la misión educativa desde diversas
plataformas: Escuela, universidad, hospitales, parroquia; junto a la
mujer y la familia; entre los jóvenes, acompañando sus
búsquedas y proyectos; en medio de los más débiles
y heridos de nuestra sociedad: inmigrantes, desplazados, campesinos,
indígenas…; en organizaciones que trabajan por la defensa
de la vida, la dignidad, los derechos humanos y de los pueblos…Pluralidad
de escenarios para una única misión: evangelizar como
educadoras y educadores.
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