IV CENTENARIO DE LA COMPAÑÍA
DE MARÍA Donostia - San Sebastián
Catedral del Buen Pastor 2007-3-3
Hace exactamente cuatro siglos, se abría en
la iglesia un surco verdaderamente fecundo. El Papa Pablo V aprobaba
la Compañía de María, la primera Orden femenina
dedicada a la educación de la mujer. En ese surco han sembrado
su vida muchos miles de mujeres a lo largo de 400 años. La
cosecha ha sido y sigue siendo abundante en cantidad y rica en calidad
como los viñedos que fueron de su Fundadora en Château
de Landiras (Burdeos).
Esta historia apasionada y apasionante tiene su prehistoria
en la vida de Santa Juana de Lestonnac. A mediados del siglo XVI,
marcado por el humanismo y la confrontación religiosa en Francia,
esta mujer, que alumbraría la Compañía de María
a principios del siglo XVII, nace en una encrucijada cultural y religiosa
que dejaría su impronta en la Orden y en la obra que Dios suscitó
por medio de ella. De su padre, firme católico, heredaría
la fe que guiaría su vida entera. De su madre, acendrada calvinista,
recogería cuidadosamente la preocupación por la educación
femenina, lamentablemente descuidad en aquella época. De su
tío, el célebre filósofo Michel de Montaigne,
bebería el espíritu humanista, abierto a la dignidad
de toda persona humana y al diálogo con la sensibilidad de
su tiempo. El Espíritu Santo supo combinar todos estos elementos
en el carisma de Juana de Lestonnac.
Esposa, madre que engendró siete hijos, viuda,
religiosa del Cister de Toulouse, identificada con María, la
Madre del Señor, amiga y discípula de la espiritualidad
y de la pedagogía ignaciana, dio a luz, por la acción
del Espíritu a la Compañía de María.
En la Eucaristía de hoy, memorial vivo de
la Muerte y Resurrección del Señor, nos corresponde
hacer memoria agradecida del capítulo de la historia de la
salvación que Dios ha escrito a través de la Compañía
de María. Nos toca asimismo asumir con responsabilidad la tarea
educativa del presente, llena de dificultades, amenazas y promesas
y a ejercer la creatividad necesaria para abordarla. Nos es obligado
también contemplar el futuro con la esperanza de que, lejos
de debilitarse, se aquilate en tiempos de prueba e incertidumbre.
Para vosotras, queridas Hermanas de la Compañía
de María (y en gran parte para todos nosotros), el camino para
responder a vuestro pasado, presente y futuro está básicamente
trazado. En primer lugar, la opción por la educación
y dignificación de la mujer. En segundo lugar, el seguimiento
de Jesús, que os conduzca al anuncio del Reino regado por vuestra
oración (no olvidéis el pensamiento de la Fundadora:
«La Compañía nació de la oración
y no se sostendrá sin ella»). En tercer lugar, la especial
identificación de María en su condición de discípula
que sabe escuchar a su Hijo y guardar en su corazón sus palabras;
en su acogida total del proyecto de un Dios «siempre mayor»;
en su fidelidad cotidiana; en su presencia al pie de la Cruz; en su
misión femenina que anima, acompaña y reconcilia; en
la vida común y el proyecto educativo compartido y actualizado.
En cuarto lugar, la vocación de arraigo en lo particular y
de apertura a lo universal. En quinto lugar, la debilidad por los
jóvenes («tenderles la mano», diría vuestra
Fundadora), que no rechazan el acompañamiento, sino algunos
modos de acompañamiento. En sexto lugar, el ofrecimiento neto
y valiente de la persona y mensaje de Jesús, sin disolverlo
en aras de contextualizarlo.
No puede ser vuestro carisma ni más actual
ni más necesario para la comunidad humana y para la comunidad
cristiana. Me duelen como a vosotras las penurias vocacionales, el
indiferente aturdimiento juvenil, las corrientes culturales que ponen
en aprieto la transmisión de la fe, los fallos, las debilidades,
complejos, desalientos y actitudes reactivas de una buena parte de
la Iglesia. No debemos olvidar que más que «el joven»,
existe «cada joven», aunque condicionado por el ambiente.
Juana de Lestonnac os lo dejó escrito: «no olvidéis
que cada uno calza su propio pie». Hay una minoría despierta
y sensible a la fe y al humanismo integral. Hay muchos más
que tarde o temprano van a tener la experiencia del vacío que
va a conducirles a un triple alternativo: la desesperanza resignada
y triste, la instalación en la superficialidad o la búsqueda
de sentido que puede conducirles a la fe.
Ni hemos de pasar por alto tampoco que el Evangelio
es y será siempre contracultura. Ni vivir de nostalgias ni
de números, porque ni lo uno ni lo otro es evangélico.
Ni dejar de confiar en que esta Iglesia nuestra que nos hace sufrir
es la que ha hecho históricamente posible nuestra fe y lleva
en su seno una Palabra que la despierta y bajo su superficie, en parte
agostada y calcificada, un Subsuelo que es el Espíritu Santo
que no le deja descansar.
† Joan Maria Uriarte
Donostiako Gotzaina