No pretendo agotar todas las respuestas; comparto
lo que me surge desde el corazón e invito a otras y otros a responder
las mismas cuestiones u otras que surjan al detenerse a pensar en el
misterio de la vida, del tiempo, de Dios… al detenerse en el misterio
de una Compañía que hunde sus raíces en la Francia
del siglo XVII y que hoy extiende su acción a cuatro continentes.
Parto de la convicción de que Dios actúa en la historia
y hace su obra en medio de las posibilidades y limitaciones humanas.
La existencia de la Compañía no tiene otra explicación
que la de ser una obra querida por Dios y por María Nuestra
Señora. Desde sus orígenes, Juana de Lestonnac tenía
esta convicción y fue la que la sostuvo siempre ante las dificultades
que se le presentaban. Es esta certeza la que nos anima hoy a seguir
con toda diligencia, en la Iglesia, construyendo Reino. La Compañía
de María se entiende desde la fe, esa actitud que nos hace
intuir la presencia de OTRO, mayor que nosotras, que da sentido a
nuestra realidad y nos llena de energía creadora para ser entregada
desde la única fuerza que mueve verdaderamente la historia,
la del amor.
La mirada de fe y el discernimiento de los signos, nos han posibilitado
encontrar en la educación, la respuesta más adecuada
a las necesidades de cada momento histórico. Ayudar a cada
persona a valorarse como tal, a sentirse con una misión significativa
en el mundo, a comprobar la trascendencia de sus acciones cotidianas
y la capacidad transformadora de su presencia y de sus opciones, ha
sido y es una tarea plena de sentido, que contribuye a la formación
de un mundo con corazón y entrañas de misericordia.
El dinamismo que conlleva esta misión educativa: escucha,
diálogo, visión optimista del mundo, interés
por las manifestaciones culturales, junto con la flexibilidad y la
disposición para el cambio, nos ha mantenido en actitud de
apertura a los hombres y mujeres de cada tiempo para buscar con ellos
respuestas válidas a las necesidades concretas de los diferentes
contextos.
Podría afirmar que la fortaleza de la Compañía
de María ha sido la responsabilidad y seriedad con la que ha
vivido la misión confiada y el espíritu de discernimiento
para buscar y hallar el querer de Dios en cada etapa de su historia,
atreviéndose, como lo hizo en su tiempo Juana de Lestonnac,
a abrir caminos nuevos y a arriesgar seguridades y prestigio.
En este transitar por la historia, hemos aprendido a caminar con
otros y otras con quienes, aunque no compartamos en algunos casos
la fe, nos une la misma pasión por lo humano y la misma opción
por los empobrecidos de esta tierra. Hemos aprendido que lo fundamental
no son las grandes obras, sino el acompañar, en sencillez y
cercanía a cada persona, a cada grupo, para que desde su realidad
concreta sean “buena noticia” para el mundo. Hombres y
mujeres que como Jesús, “pasen haciendo el bien”
y contribuyan a la formación de una sociedad nueva.
Como Religiosas de la Compañía queremos seguir siendo
esas mujeres de fe, mujeres de ojos abiertos, portadoras de sentido
y esperanza. Queremos continuar orientando nuestros esfuerzos hacia
la construcción de lo humano en todas sus dimensiones, comprometiéndonos
en la transformación de las situaciones que impiden vivir con
dignidad y gozar de los derechos y deberes fundamentales como personas
y como pueblos.
Seguir educando, y con preferencia a la juventud de hoy, es nuestro
compromiso y apuesta de futuro.
Desde estos deseos y sentimientos nos disponemos a vivir gozosamente
este cuarto
centenario con todas y todos los que compartimos la misión,
la amistad y las búsquedas.
Beatriz Acosta Mesa odn.
Roma, 12 de Septiembre de 2005