Hoja informativa nº 14   Madrid, 20 de enero, 2006

     

  El arte de conversar

Cuando me pidieron que escribiera un breve artículo para Compañi@encuentro.es sobre un día en el Colegio Mayor acepté, aunque un tanto perpleja porque no sabía bien qué iría a expresar. Lo primero que pensé es que cada día es distinto en el Colegio Mayor y la que se dirige a vosotros no es, con certeza, la persona más indicada para escribir esto pues como sabéis sólo llevo unos tres meses viviendo en el “Montaigne”.

De todos modos aquí estoy tratando de dilucidar qué hacer. Realmente el contenido que se podría esperar de este título, lo que se puede tratar de dar a conocer, es qué hacemos en un Colegio Mayor  y por concretarlo, cómo podríamos hacer llegar a los otros lo que puede ser un día aquí.

Podría tomar dos posibles caminos. Uno sería, tratar de contar las actividades, los seminarios, los encuentros, las celebraciones del trimestre pasado. El otro, que es por el que me inclino y por el que comienzo, sería centrar la atención en lo que me parece más primordial en la vida de un Colegio Mayor: “el arte de conversar”, que de algún modo dignifica todas las acciones.

Tener arte para cualquier acción es admirable, tanto más cuando es arte para algo tan humano. Quiero en estas páginas, sin minusvalorar el silencio y las obras, elogiar la singular excelencia de una buena conversación en un ámbito, una plataforma, una institución, una casa como es un Colegio Mayor, donde las relaciones gestan todo.

El arte de conversar es esencial, vertebra lo que hacemos, donde nos jugamos gran parte de nuestra labor educativa-evangelizadora y por ello ha de ser lo más excelso según las posibilidades de cada una y de todas. Pues es, además de un arte personal que se pone de manifiesto en el diálogo de dos ó más personas, un arte comunitario, un modo de entrar en relación que tenemos como Compañía de María tomado de la tradición humanista y avalado por siglos de historia fecunda.

Ciertamente la conversación, la buena conversación, destila unos frutos sorprendentes. En ella entramos con todo nuestro ser, con toda nuestra inteligencia, nuestros sentimientos, nuestras emociones, convicciones y con nuestras capacidades de persuadir, alentar, aprender y orientar. Es un lugar de encuentro, de acompañamiento, de formar y formarnos, que quizás no hemos valorado suficientemente ni practicado asiduamente con destreza.

Dos ilustres personajes del Renacimiento son referencias a tener en cuenta en el arte de conversar. Uno es Cervantes, que en sus magníficos diálogos del Quijote con Sancho tiene buenas muestras de ello y otro es Michel de Montaigne que nos deja un texto dedicado exclusivamente al arte de conversar en sus célebres “Ensayos”.

ENTRE CERVANTES Y MONTAIGNE 

El diálogo es un elemento fundamental en la gran obra de Cervantes, pues Don Quijote y Sancho pasan muchas horas de ocio en amables coloquios. ¡Qué posibilidad las horas de ocio para entablar amables coloquios con las colegialas ya sea en la cafetería o en cualquier otro sitio, entre los juegos de mesa, con el cafelito…! 

Para Cervantes el “arte de la conversación” es la interacción elegante, refinada y mesurada en la que se palpa la buena crianza y la amabilidad de los interlocutores. La sociedad renacentista prefiere que no salgan a relucir en la conversación los más íntimos aspectos de la persona, los cuales no deben ventilarse en el trato social; tampoco se inclina por las discusiones muy técnicas y abstractas, pues éstas impiden o entorpecen con sus difíciles razonamientos la comunicación de los interlocutores. Todos estos excesos deben evitarse en los círculos sociales refinados. Al cortesano, la sociedad le exige un comportamiento moderado, y un sentido de mesura en sus actos y gestos.

Una manera de conversar que no difiere mucho de la que pueden darse en un recinto como éste, donde jóvenes universitarias, tan plurales y diversas, viven, conviven, se relacionan. En el trato cotidiano, los asuntos que son buenos para producir la discusión fructuosa incluyen las películas, los libros, televisión, sucesos actuales, proyectos, trabajos, manías, su vida de estudiante, familiar y en su caso amigos mutuos… Los asuntos de la conversación que son a menudo discutibles incluyen la religión, la política, y la filosofía. Los aspectos íntimos de la persona, sus sufrimientos e inquietudes hondas, problemas de relación quedan más en el recinto de lo privado.

Los modales corteses y la profundidad de los hablantes, que aparecen en algunas conversaciones del Quijote, -se perciben claramente en diversos coloquios del palacio ducal, en la casa del Caballero del Verde Gabán y también, en otros lugares de la novela- son características fundamentales de la conversación educativa-evangelizadora que podemos tener en nuestros Colegios Mayores.
En estas pláticas, surgen en las personas ciertos motivos y propósitos íntimos, que afloran suavemente en el diálogo, bien sea por medio de breves comentarios que descubren una intención velada, o de ciertas incitaciones del pensamiento que cristalizan delicadamente en una frase. Así ocurre en la obra de Cervantes cuando algunos personajes tienen la intención de sacar a Don Quijote de algún desvarío literario, o cuando tan sólo desean entretenerse con los desatinos del hidalgo; en estas ocasiones, podemos apreciar que bajo las formas de una distinguida cortesía, late, con sus intenciones y motivos, un nivel interior el cual se ha dado en llamar “subdiálogo”.

El nivel subdialógico es la contribución más sobresaliente de Cervantes al arte de la conversación. Se trata de un estilo novedoso del arte de la conversación que sobrepasa en amplitud y complejidad las creaciones de los autores que escribieron antes de Cervantes. Un acento éste del arte cervantino de la conversación que hemos querido señalar, rescatar y de él aprender, que manifiesta refinamiento, elegancia y moderación, a la vez que perfila un plano interior en el personaje. 

La otra figura destacada del Renacimiento, Michel de Montaigne, hombre abierto sin igual, también mostró su inclinación por una plática enérgica y significativa: “El ejercicio más fructuoso y más natural de nuestra mente, en mi opinión, es el diálogo. Lo encuentro más dulce que cualquier otra acción de nuestra vida; y ésa es la razón por la que si me forzaran ahora a elegir, creo que consentiría en perder más mi vista que mi capacidad de escucha o de diálogo.

En lo que respecta a la educación, Montaigne se interesó por la formación del aristócrata y sostuvo la necesidad de enseñar a los alumnos el arte de vivir. Este arte se adquiere a través de la capacidad de observación y conversación y a través de los viajes.

 Su sobrina aprendería de él y de las tertulias calvinistas a las que acudía con su madre y lo recoge, de forma personal, en la “Conversación espiritual”, término no corriente en el lenguaje religioso y que parece inspirarse más bien en el “arte de conversar”[1]. Lo recomendaba tanto en el campo educativo alumna-profesora como en la comunidad, en las relaciones fraternas; cabe destacar que incluso a las enfermas en la Regla 46 les exhorta a que tengan conversaciones buenas y palabras edificantes con todo el que vaya a verlas.

Gracias a los escritos que deja Cordier[2] se descubren las virtudes que aprecia para el educador de un pensionado:

“Los coloquios nos permiten imaginar lo que debía ser, según Cordier, un buen Pensionado (.,.). Si es severo en la escuela (…), en su casa, el maestro, es mucho más indulgente; no procede a fuerza de latigazos sino tratando a los niños “honrada y liberalmente”, mostrándoles benevolencia, complacencia y mostrándoles el ejemplo y el afecto (…). Procura sobre todo animar a los alumnos para que se dirijan a él…y habla con los jóvenes durante las comidas”

En un Colegio Mayor hay diferentes maneras de acercarnos y establecer un diálogo entre personas. Depende en gran medida de ellas, de la relación que se tenga y si hay un asunto en cuestión; pero para todas la conversación es necesaria. A lo largo del día se nos ofrecen miles de posibilidades, desde la mañana en el desayuno con las limpiadoras, en comunidad a mediodía con los miles de asuntos que surgen a diario, en el equipo con cada una y en las reuniones con todas, buscando y valorando siempre lo mejor para la Misión, con personal de otros servicios, en la portería…pero sobre todo con las universitarias, de las clases, los estudios, libros, problemas y cuestiones informáticas, a la vuelta de la escuelita de Cartuja de lo allí vivido, de familiares, amistades comunes, de personas conocidas, de las parroquias más activas que congregan jóvenes, de enfermedades, de sus vidas. Y esto, en comunicaciones desenfadadas y espontáneas, en diálogos ágiles de tu a tu, en conversaciones de más personas que te buscan por algún asunto particular y en las que el tema puede ir cambiando a lo largo de la conversación o en lo que, ya de manera formal, nos comunicamos cuando nos reunimos en actividades programadas semanal o trimestralmente como los seminarios de música Jazz, de Cine, de Arte contemporáneo, de Historia, de Bioética, en el Grupo de Diálogo “Integración fe, vida y cultura”, en el grupo de confirmación o en las tutorías.

Termino entresacando unas frases de Montaigne con unos acentos que me parecen de extraordinaria actualidad para vivir en un Colegio  Mayor hoy:

v      La confianza en la bondad ajena es testimonio no pequeño de la propia bondad..

v      La prueba más clara de la sabiduría es una alegría continua.

v      Nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis.

v      Para juzgar cosas grandes y nobles, es necesario poseer un alma igual de grande y noble.

v      La cobardía es la madre de la crueldad.

v      El signo más cierto de la sabiduría es la serenidad constante.

v      Cien veces al día burlamos nuestros propios defectos censurándolos en los demás.

Mª Luisa Morales, odn.

Colegio Mayor Montaigne GRANADA

 

[1] Francoise Soury-Lavergne, “Un camino de Educación”, pag 55

[2] Maturin Cordier (1480-1564), figura del maestro protestante. Le Coultre J., obra citada, p. 124. Su permanente atención educativa, este sentido de responsabilidad que reviste el maestro, renovó la educación humano-cristiana y convertió a Cordier en pionero de una larga generación.

 

 
 

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